Síria: Así muere un sistema sanitario

14226365940296El Mundo – Clara Marín

Cuando un país lleva cuatro años torturado, bombardeado y al límite de lo soportable, toda infraestructura que quede en pie es un milagro. Lo que empezó en el año 2011 con unas manifestaciones pacíficas animadas por el fervor de la primavera árabe, derivó rápidamente en detenciones, desapariciones y asesinatos. Una de las grandes víctimas de estos cuatro años de guerra en Siria ha sido su sistema sanitario, y con él, todos los sirios, que no pueden recibir la atención que necesitan cuando más falta les hace.

Desde que empezó el conflicto, todo lo relacionado con la salud no ha dejado de ser un objetivo: los ataques a ambulancias, hospitales y médicos han sido una constante. Según el último informe del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH), solo en el mes de julio de 2014, al menos seis hospitales de Alepo fueron alcanzados o afectados por bombardeos, algunos de ellos hasta en cuatro ocasiones. El dos de agosto, un ataque aéreo destruyó por completo el hospital Al Huda, al oeste de Alepo, el único que tenía servicio de neurocirugía. En Deir ez-Zor, ninguno de los siete hospitales públicos están funcionando totalmente.

Ya en 2012, y según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 304 de las 520 ambulancias del país habían sido dañadas, lo que complica infinitamente la atención a los pacientes. Sin ir más lejos, una mujer que se ponga de parto no sabe si llegará a tiempo al hospital para dar a luz.

Con los ataques, han muerto en los últimos tres años entre 420 y 560 profesionales sanitarios, aunque hay organizaciones que elevan la cifra a 600. Con semejante perspectiva, muchos han optado por el exilio, dada la imposibilidad de trabajar bajo unas mínimas condiciones de seguridad en su país. El resultado es que, según estimaciones de la OMS, el 45% del personal ha dejado Siria desde que empezó la guerra.

La organización internacional Physicians for Human Rights (PHR) ha creado un mapa interactivo en el que aparecen todos los ataques a infraestructuras sanitarias que han podido documentar. En él se recogen cifras a cada cual más terrible: en Alepo, la mayor ciudad de Siria, han muerto 87 médicos, en Homs -conocida en su momento como la capital de la revolución– han sido 83. En Damasco han matado a 43, y a 45 en Hama.

Los números son tantos que parecen eso, sólo números, pero detrás de ellos se esconden, no sólo profesionales asesinados en su lugar de trabajo, sino todo un país que se va quedando, poco a poco, sin nadie que le cure. Junto con este mapa, PHR ha hecho un time lapse de todos los ataques a instalaciones médicas durante estos años de guerra que evidencian claramente que la salud ha sido un objetivo de guerra en este tiempo.

Y esto no es algo baladí en un conflicto que ha dejado ya 200.000 muertos y un reguero de un millón de heridos. “La mayoría de ellos han sido tratados fuera del sistema: por equipos de voluntarios, por médicos que se organizaban durante las protestas, en escuelas o en clínicas privadas”, explica a este periódico Aitor Zabalgogeazkoa, quien ha sido coordinador de Médicos Sin Fronteras en Siria durante el conflicto, pero que actualmente se encuentra fuera del país por motivos de seguridad.

Zabalgogeazkoa describe el nivel de violencia sufrido por los sirios desde 2012 como “completamente monstruoso” y recalca la destrucción de las infraestructuras y el mal estado de las que aún quedan en pie. “Cuando tú no limpias un quirófano o no mantienes un hospital, todo se estropea, desde un escáner hasta un aparato de rayos X empiezan a tener problemas de mantenimiento o suministros eléctricos”, explica.

Además, por si fuera poco, las ONG han tenido muchísimas dificultades para trabajar en terreno durante estos años (de hecho, hoy día quedan muy pocas que estén dentro de Siria -MSF decidió retirarse tras el secuestro de uno de sus cooperantes-). “Los grupos armados han querido interferir permanentemente en lo que hacían los equipos médicos”, cuenta Zabalgogeazkoa. “En un sitio como Aleppo, donde hay una treintena de grupos, cada uno tiene una opinión sobre cómo hay que hacer las cosas, a quién hay que curar y a quién no”, explica el representante de MSF.

La degradación de un sistema que no era tan malo

Lo más triste de todo es que, antes de la guerra, aunque la Sanidad siria no era la mejor, tampoco era la peor. “Aunque el sistema de salud sirio no fuera de los más punteros, para un país de ingresos medios, estaba bien”, explica Zabalgogeazkoa. Elizabeth Hoff, responsable de la oficina de la OMS en Siria explica a EL MUNDO que antes del conflicto, “el sistema estaba bien organizado a nivel de atención primaria, con la OMS apoyando a nivel técnico en atención hospitalaria”.

Antes, tal y como explica Zabalgogeazkoa, “Siria producía la mayoría de los medicamentos que consumía. No sólo eso, sino que además era un exportador de medicamentos“. Pero la guerra ha cortado las líneas de producción, y ahora la mayoría de suministros vienen, cuando pueden, de fuera. “Esto alarga, complica y dificulta sobremanera la atención a los pacientes”.

Con esto, resulta evidente que la salud de los sirios ha ido de mal en peor. Como el sistema de abastecimiento de agua también ha sido destruido, las enfermedades infecciosas como el cólera, la tifoidea y la hepatitis A se han descontrolado. Además, la falta de un acceso seguro a bancos de sangre expone a los sirios a enfermedades como la hepatitis B, y a fecha de junio de 2014 se habían registrado 142 casos de tos ferina y 179 de sarampión.

Enfermedades como la polio, que habían desaparecido de la vida de los sirios, han vuelto al país. Según confirma a este periódico la responsable de la delegación de la OMS en el terreno -quien define esta emergencia como “la mayor respuesta humanitaria en la historia de las Naciones Unidas-, antes de la guerra, la tasa de inmunización en el país era del 90%, y el último caso de polio registrado data de 1998. “Que la polio y el sarampión hayan vuelto representa el deterioro del sistema”, cuenta Zabalgogeazkoa.

Las heridas que no se ven

Tampoco son despreciables las heridas que no se tocan ni se ven: las que se quedan dentro, las huellas psicológicas de todos estos años de conflicto. Los recuerdos de lo que los sirios han visto, vivido y padecido puede llegar a paralizarles en su día a día, especialmente a los más pequeños. Un estudio publicado en diciembre de 2014 y elaborado por la organización International Medical Corps con apoyo de UNICEF, ha documentado la tensión mental en la que viven los adolescentes sirios refugiados en Jordania.

En el documento queda reflejado el miedo, el dolor y la tristeza con la que conviven estos chicos y chicas de entre 12 y 17 años. Muchos de esos problemas se derivan del rechazo con el que le reciben los jordanos, que han visto como su país acoge a más de 600.000 personas desde que empezara el conflicto, un número que se acerca al 10% de su población, con todas las tensiones laborales y de saturación de servicios que esto conlleva. Por otra parte, el abandono de su hogar (muchas veces sin perspectiva de poder volver, porque éste ha sido destruido) y haber sufrido tantos cambios en tan poco tiempo, además de haber visto o directamente haber sufrido abusos, les somete a un estrés difícil de cuantificar. Algunos de ellos incluso se sienten “culpables” por haber sido capaces de huir de Siria durante la guerra.

La precaria situación de los refugiados

A fecha del 26 de enero de este año, casi cuatro millones de sirios habían tenido que huir de su país: 3.725.685 personas que, huyendo de la guerra, se han visto obligadas a dejar sus casas. Un éxodo masivo de ancianos, adultos y niños, que se han repartido entre Egipto, Irak, Jordania, Líbano y Turquía. Concretamente, las cifras de estos dos últimos países son impresionantes: según las últimas estimaciones, Líbano ha acogido a 1.154.593 refugiados, y Turquía a otros 1.552.839.

Las últimas y dramáticas noticias que llegan de los refugiados hablan de gente que muere de frío. “Ya es el cuarto invierno para ellos, y están pasando unas condiciones miserables en los campos”, cuenta Zabalgogeazkoa. Los refugiados, además de los traumas derivados del conflicto (como el pánico cuando se oye un avión o las pesadillas nocturnas), tienen sus propias complicaciones de salud: “Está aumentando muchísimo el número de quemados”, explica Zabalgogeazkoa. “Como la gente está utilizando leña para calentarse y cocinar, y esto es algo a lo que no estaban acostumbrados, porque en sus casas tenían gas o electricidad, la cantidad de accidentes por quemado de leña ha aumentado brutalmente”, relata.

Ya en septiembre de 2013, un importante grupo de prestigiosos médicos internacionales -entre los que figuraban ganadores del premio Nobel y responsables de muchos de los organismos médicos más importantes del mundo- hicieron un llamamiento internacional por el acceso médico y humanitario en el país del que no han obtenido respuesta.

El tiempo pasa, la guerra ha entrado en su cuarto año, y no parece que haya una solución próxima. De hecho, la aparición de actores como el ISIS no han hecho más que recrudecer y complicar la situación. “Las condiciones que no tienen que ver con la violencia, empezando por la estructura sanitaria y siguiendo por las condiciones que tiene la gente no van a mejorar, sino que van a seguir empeorando hasta bastante después de que termine la guerra”, dice Zabalgogeazkoa. Mientras tanto, los sirios que quedan en su país siguen soportando la tiranía de unos y otros, y los que han logrado salir pasan las penurias de ser no sólo un inmigrante, sino un refugiado sin fecha de vuelta.

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