Hacia un pasaporte universal de salud, por Jon Azua

Noticias de Gipuzkoa – La importancia generalizada de la ya vieja costumbre de identificar una fecha concreta para celebrar “el día de…” aporta alguna ventaja, como la posibilidad de recordar compromisos aún insatisfechos, reforzar las agendas para su logro, reivindicaciones y celebraciones de los pasos dados, hacer balance de la situación y revisar los propósitos fijados. Es el caso, esta semana pasada, del “primer día mundial por la cobertura sanitaria universal” que promovió la Organización Mundial de la Salud (OMS) para el 12 de diciembre.

La fecha elegida no es casual. Coincide con el aniversario de aquella resolución de Naciones Unidas, suscrita por más de cien países en aquel aparentemente lejano Compromiso y Retos del Milenio, en favor de la llamada salud para todos, HEALTH4ALL, que pretendía minorar el estado de pobreza y desigualdad de la población mundial, y en cuyo marco estratégico, la salud jugaba un rol esencial.

Hoy, constatadas las limitaciones de las apuestas emprendidas, la OMS enarbola un nuevo reto, dando un paso más allá del compromiso internacional en favor del concepto de cobertura y acceso para todos, al dotarle de un intento reformador provocando la redefinición de lo que en verdad signifique el acceso universal, pretendiendo reformular la manera de generar y mantener la salud más allá de la enfermedad a lo largo de toda la vida.

Las carencias de educación y formación -también específicamente para la salud-, de infraestructuras, cultura médico-sanitaria, condiciones de higiene, alimentación, aislamiento y marginación, vivienda, infecciones y contagios, salubridad, y, por supuesto, agravadas por catástrofes y emergencias, movimientos migratorios, economía informal, desplazados por conflictos, generan un impacto negativo en su estado de salud. Es población que no solamente requiere de una cobertura propia de un sistema de salud, sino de una serie de soluciones sistémicas que exceden, con creces, el ámbito de los gobiernos en sus áreas de salud, demandando nuevas formas clusterizadas de intervención en múltiples líneas de actividad interrelacionadas. Agua, vivienda, transporte, por citar algunas, marcan la frontera del acceso real a la salud.

Hoy, la nueva propuesta de la OMS viene a coincidir con una generalizada transición de los principales actores del sistema (públicos, privados y de iniciativa social) y sus propuestas transformadoras de sus modelos de salud ofertados, hacia la llamada revolución de la APS (Asistencia Primaria en Salud), las cuatro pes (Predictiva, Preventiva, Participativa, Personalizada) y el acento en la integración resolutiva de procesos y no de acto médico una vez producida la enfermedad. Tendencia y reto generalizado que se verá, además, impactado por un complejo y variado mundo tecnológico, en cambio radical y acelerado, cuyos tiempos, costes y resultados están aún por precisar.

Este es el marco del debate real que la celebración provoca. Contrasta, desgraciadamente, con determinadas mareas reivindicativas desde el interior de los actuales marcos de salud, monopolizadores de una oferta resistente al cambio y que ponen el acento en sus propias reglamentaciones, jornadas y beneficios, lejos de situar el elemento esencial en el usuario y la población a atender. Parecería deseable trascender de la resistencia natural para acceder a aportaciones innovadoras que posibiliten entender una mejor manera de generar, evaluar y mantener la salud, para todos, a lo largo de toda la vida, de forma coste eficiente, concentrando los recursos en las causas determinantes de la salud. En contraposición a esta ola cercana, observamos, por ejemplo, el debate que estos días confronta -una vez más-, al Congreso de los Estados Unidos en torno a la evaluación y potencial continuidad de la Reforma Obama que incorporó a 40 millones de estadounidenses al sistema de cobertura, un “acceso pro-universal”, de obligada afiliación en seguros privados elegibles, o el caso del Seguro Popular, en México, que ha permitido cumplir con las estadísticas de una cobertura casi universal, distante en la práctica de un acceso real, dada la informalidad de la economía activa, las dificultades de accesibilidad real o el colapso del sistema, en especial en el nivel primario, fragmentado en su interacción con la totalidad de un sistema con insuficientes recursos que lo hagan eficiente. Son ejemplos que ponen de manifiesto la escasa alineación entre la “cobertura universal teórica” y la cobertura real deseada y necesaria.

En esta línea, aprovechando el reclamo de la OMS en este pasado 12 de diciembre, muchos de los países más pobres del planeta, (con su elevadísima concentración en África) aprovecharon para crear la Red Internacional por la Cobertura Sanitaria Universal, que posibilite la adhesión a lo largo de todo el planeta. Finalmente, movimientos humanitarios, diplomáticos, empresariales privados y de iniciativa social actuantes en el mundo de la salud abogan, un poco más allá, por lo que podríamos llamar “un pasaporte universal de salud”, como garantía de acceso real para toda la población mundial, más allá de las fronteras. Múltiples iniciativas en curso terminarán, sin duda, reformulando nuevos sistemas de salud. Un sueño en marcha. Más allá de una fecha.

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